Los indómitos uros

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El Centro Poblado de los Uros, que forma parte de la Reserva Nacional del Titicaca, es un grupo de 40 islas flotantes artificiales construidas con totora, una planta que crece, tanto de manera silvestre como cultivada, en lagunas y zonas pantanosas de la costa y sierra del Perú, hasta los 4,000 m de altitud.

 

Acerca de los uros, cronistas e historiadores los señalan como los pobladores más antiguos de la región del Collasuyo e incluso algunos como la raza más antigua en el continente americano, al punto de ser sobrevivientes de un cataclismo planetario anterior a la civilización actual.

 

Lo que sí se ha corroborado es que nunca tuvieron cacique que les mandase, que se alimentaban de las raíces de la totora, además de la pesca y que su idioma original habría sido el puquina, un dialecto que fue desapareciendo al imponerse el aymara, la lengua nativa de la Meseta del Collao. La palabra uros se originaría del aymara uri, que quiere decir indómito.

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En la Isla de los Uros el clima es, como en todo el altiplano puneño, frío y seco, siendo la temperatura máxima 20°C, lluvioso en los meses de diciembre a marzo y soleado entre abril y noviembre, aunque es durante estos meses que se dan lugar las llamadas “heladas”, cuando las temperaturas, debido a las nevadas, descienden más de lo normal. Recomendamos estar bien abrigados.

 

En las islas, hay familias que ofrecen sus casas como hospedaje para viajeros que buscan una experiencia más compenetrada con el conocer la cultura y costumbres de estos milenarios pobladores, como son la pesca, la caza, la siembra y recolección de totora, el trabajo de artesanías y sus cantos. Ubicadas a 7 km. de Puno, para llegar hay que embarcarse en un viaje de aproximadamente media hora a través del inmenso Titicaca. Una experiencia única.

 

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Piquillacta: la fortaleza wari del Valle Sagrado

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Ubicada a 30 km del Cusco, Piquillacta es el complejo arqueológico wari más conocido fuera de su capital, ubicada en Ayacucho. El imperio wari floreció entre los años 500 y 1000 d.C. y el cronista Cieza de León menciona ya su existencia en 1534. Si bien el centro del imperio wari se ubicó principalmente en la provincia de Huanta (Ayacucho), se ha corroborado que su influencia se extendió desde la zona mochica al norte, hasta el territorio nazca al sur, abarcando tanto la sierra como la costa del actual territorio del Perú.

 

La ocupación de Piquillacta se dio entre los siglos VI y X de nuestra era. El nombre de la ciudadela derivaría de las palabras “piki”, una especie de pulga, y “llacta”, pueblo, y significaría “pueblo pequeño”. Evidencias arqueológicas sugieren que los wari, civilización anterior a los incas, se asentaron primero en el vecino valle de Huaro, para luego construir Piquillacta alrededor del 530 d.C., lo que corrobora el hallazgo de restos cerámicos que sugieren un primer contacto entre pobladores de Cusco y Ayacucho siglos antes de la expansión wari.

 

La ciudadela presenta una planificación urbana notable, con un plan geométrico casi perfecto, siendo los edificios, canchas y plazas de forma rectangular y cuadrada. Las construcciones, de piedra sin tallar y adobe con argamasa, están ordenadas en conjuntos separados por calles rectas y circundadas por muros de hasta 12 m de alto, que la asemejan a una fortaleza. Consta de 700 edificios, 200 canchas y 508 almacenes o colcas, entre otros edificios, algunos de ellos de hasta tres pisos y si bien Piquillacta podría haber alojado unos 10 mil habitantes, al parecer nunca fue ocupada en su totalidad.

 

Acerca de su perímetro amurallado, el motivo de su construcción no habría sido otro que la protección del sitio de las etnias cercanas asentadas en el Cusco pre-inca, que opusieron una tenaz resistencia a la ocupación wari, que finalmente se impuso.

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Construida en la quebrada del río Lucre, Piquillacta se erigió con la finalidad de controlar las nuevas tierras en el valle del Urubamba, ubicado en las cercanías. Sin embargo, el principal centro administrativo de la región habría sido abandonado de forma planificada al iniciarse el proceso de colapso del Estado Wari hacia el año 900 d.C.

 

Para visitar este complejo arqueológico se puede abordar uno de los buses que cubren la ruta Cusco-Urcos y pedir al chofer que nos advierta cuando estemos en Piquillacta; el sitio se puede ver desde la carretera. También hay colectivos que parten desde la Av. de La Cultura (frente a la Universidad San Antonio Abad). El viaje dura aproximadamente media hora. Existen también operadores turísticos que ofrecen un day tour al lugar.

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Q’ente de plata para Tierra Viva Cusco Plaza

Estamos muy contentos y orgullosos, ya que nuestro Tierra Viva Cusco Plaza ha obtenido el Q’ente de Plata al mejor hotel en la categoría 3 estrellas.

 

El Premio Q`ente es el máximo reconocimiento, a nivel regional, que el Gobierno Regional del Cusco y la Dirección Regional de Comercio Exterior y Turismo (DIRCETUR) Cusco entrega anualmente a empresas turísticas que cumplen con alto estándares de gestión empresarial y prestación de servicios turísticos de calidad, con responsabilidad social y ambiental, que representan un modelo a seguir.

Agradecemos a la Dirección Regional de Comercio Exterior y Turismo por el reconocimiento y también a todos nuestros trabajadores, sin quienes este logro no sería posible, comprometiéndonos a continuar mejorando para brindar el mejor servicio de la ciudad.

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La sagrada huaca de Tambomachay

Como narra el funcionario virreinal español Juan Polo de Ondegardo y Zárate en su libro Tratado y averiguación sobre los errores y supersticiones de los indios (1559), “la ciudad del Cusco era casa y morada de los dioses. Y así, no había en toda ella ni fuente, ni pozo, ni pared, que no decían tenía misterio”. Y de los cerca de 350 adoratorios que circundaban el Cusco, noventa y dos de ellos correspondían a manantiales y fuentes de agua, entre ellos “Quinua Puquio” (manantial de la quinua), hoy conocido como Tambomachay (del quechua “tanpu mach’ay”, lugar de descanso), construcción cuya razón de ser fue el agua como elemento de vida y culto.

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El complejo arqueológico, que se conoce también como los Baños del Inca, se ubica sobre el río Tambomachay y el padre jesuita Bernabé Cobo lo identifica dentro del primer seq’e (ceque) de los nueve que tenía el camino al Antisuyo. Cobo, en su obra “Historia del Nuevo Mundo” define los ceques como líneas que, partiendo del Coricancha –el Templo del Sol-, servían para organizar los santuarios o huacas de los alrededores del Cusco, constituyendo un complejo sistema espacial-religioso, que otorgaba a la capital del Tahuantinsuyo un carácter eminentemente sagrado.

 

Según el mismo Cobo, Tambomachay era la novena huaca del ceque Collana y “era una casa de Inca Yupanqui, donde se hospedaba cuando iba de caza. Estaba puesta en un cerro cerca del camino de los Andes. Sacrificábanle de todo, excepto niños”. Define el lugar como un “fontezuela” que se componía de dos manantiales.

 

Fuera del carácter sagrado de Tambomachay, sorprende también el manejo arquitectónico del complejo completamente adaptado al paisaje natural, en el que los incas demuestran su dominio de la ingeniería hidráulica con un manejo meticuloso de este manantial subterráneo, haciendo fluir por los distintos acueductos un flujo constante y controlado del agua.

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Tambomachay se encuentra a solo 7 km del centro del Cusco, frente a las ruinas de Puka Pukara. Es un excelente punto de partida para visitar los demás complejos arqueológicos de la zona como el Templo de la Luna y Qenco, que se pueden visitar también a caballo. No deje de visitarlos.

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Peruanísima ruta del pisco

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Nacido del mestizaje cultural y étnico de España con nuestro Perú profundo, el pisco es un destilado puro de uva que es sinónimo de fiesta y peruanidad. Sobre el origen de la denominación “pisco”, el lexicólogo César Ángeles Caballero identifica cuatro cauces, que en una primera instancia se sitúan en la época pre-colombina para pasar luego a mezclarse con elementos hispanos instaurados por la Colonia.

 

Así, nativos quechua de la zona actual Ica llamaban “pisku” a las diversas aves del lugar, lo que posteriormente se traduciría en que la misma ubicación geográfica fue denominada “pisco” por los naturales. En cuanto a su origen étnico, Ángeles indica también que desde épocas pre-hispánicas un grupo humano descendiente de los Paracas ocupaba ya la zona donde actualmente se encuentra el puerto de Pisco. Conocidos por ser hábiles alfareros, esta comunidad, que habría sido conquistada por el Inca Pachacútec, elaboraba unos recipientes de arcilla utilizados para almacenar todo tipo de líquidos –principalmente chicha-, a los que se conocía como “piskos”, los que luego, a la llegada de los españoles, fueron empleados para guardar el aguardiente de uva que se producía en la zona.

 

Por todo ello, beber pisco es una de las mejores maneras de conocer al Perú y es razón suficiente, si aún no lo conoce como se debe, para seguirle los pasos a la Ruta del Pisco.

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Partiendo de Lima la primera parada es Lunahuaná y no hay mejor inicio que la bodega El Paraíso, cuyo pisco italia ha sido galardonado en infinidad concursos. Las bodegas El Olimpo y Los Reyes son también bastante emblemáticas, pero si quiere llevarse una idea de la variedad de la zona, dese una vuelta por La Casa del Pisco, ubicada en la misma plaza de Lunahuaná.

 

Ica es la tierra del pisco por excelencia. Las bodegas son abundantes y es difícil conocerlas todas; sin embargo no deje de probar el pisco Cholo Matías y, si es posible, a la familia que lo produce: tienen prácticamente toda la variedad de uvas y los mejores piscos elaborados a partir de ellas: quebranta, italia, albilla, torontel, moscatel, etc.

 

Por su lado, la bodega Caravedo ofrece los mejores macerados del Perú, preparados con su pisco ecológico, característico de esta bodega de Rodrigo Pesquiera. También está la Señora Juanita, del fundo Tres Esquinas, conocida como la “dama del pisco”, a quien vale la pena visitar y escuchar cómo canta a sus uvas. Pero si quiere conocer a la gente brava, a los pisqueros de pura cepa, pregunte por el FBI –Federación de Bebedores de Ica-, cuyos integrantes, liderados por su presidente vitalicio Chaucato Mejía, los sorprenderán con el Pisco Macho de 48°.

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Otra tierra pisquera por tradición es Moquegua, donde las bodegas están muy cerca y unidas por una perfecta señalización, con los únicos letreros en Perú que indican la ruta del pisco. Aquí es común ver juntos a todos los productores pasándose un vasito de pisco: empiezan con una botella y terminan probando toda la oferta de la región. De Moquegua es Biondi, cuya bodega recomendamos; pero el pisco El Mocho, la Bodega Norvill, con su alambique para un solo litro, y el pisquero Tito Paredes son tres tesoros que no se pueden perder.

Y con estos consejos los dejamos con la esperanza que incluyan sus propias variantes a lo que les proponemos. Nunca se sabe con qué sorpresa puede uno encontrarse en las rutas del pisco.

 

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Juliaca: un pueblo con historia

La historia de Juliaca –palabra que al parecer se deriva de la voz quechua xullasca, que significa “nevando”-  se remonta a miles de años atrás en la historia, habiéndose encontrado evidencia de un temprano poblamiento, por parte de cazadores y recolectores, que habría ocurrido alrededor del año 10000 a.C. A ello contribuyó el clima, que habría sido bastante más benigno en aquellos remotos tiempos, lo que  hacía posible la proliferación de diversos animales como vizcachas, venados y camélidos silvestres (llamas, alpacas, vicuñas) y aves, al parecer los alimentos predilectos de estos nuevos pobladores.

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Posteriormente, con la aparición de la alfarería, surgió la cultura Qaluyo -la primera de la zona-, a la que le seguirían las culturas Pukara -en el sector del cerro Waynarroque, donde fueron hallados restos de cerámica- y Tiwanaku y ya para los siglos siglos III y IV d.C., florecería una sociedad que hoy se conoce como la Cultura Waynarroque, quienes se dedicaban a la agricultura, ganadería, pesca y caza, habiéndose encontrado restos de una alfarería policromática fina y vistosa, diferente en técnica y estilo a la de los pukaras y tiawanacos.

 

Del siglo VII al el siglo X aproximadamente, el estado colonizador de Tiwanaku –la civilización pre inca más importante de la zona- asumió el control de gran parte de esta meseta altiplánica que luego se denominaría Kollasuyo. Sin embargo, los pobladores de Juliaca, a pesar de estar geográficamente en los dominios de Tiwanako, no recibieron de estos mucha influencia cultural -lo que les permitió desarrollarse casi independientemente-, ya que Juliaca pertenecía al reino aymara Qolla.

 

Posteriormente llegarían los Incas, quienes al mando de Pachacútec se enfrentaron con el ejército qolla dirigido por Chuchi Cápac, venciéndolos en Ayaviri y Pukara e integrando el territorio al Tawantinsuyo. Los qollas se revelarían en numerosas ocasiones, hasta que finalmente fueron subyugados hacia 1474 y posteriormente reubicados a los asentamientos donde fueron encontrados por los españoles, quienes, hacia mediados del siglo XVI llegaron para transformar el pueblo de Xullaca en el repartimiento de Juliaca, incorporándose este al virreinato de Buenos Aires.

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La ciudad de Juliaca y sus alrededores poseen diversos atractivos turísticos tanto naturales como históricos, entre los más destacados encontramos la iglesia de Santa Catalina, el Convento Franciscano, el cerro Waynarroque, la laguna de Chacas y la comunidad de Kokan.

 

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Taquile milenario

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Flotando en la inmensidad del Lago Titicaca, a tres horas navegando desde Puno, se encuentra Taquile, una pequeña isla habitada por una ancestral comunidad quechua, que ha mantenido intactas sus costumbres y tradicional forma de organización social -que es incluso anterior a los Incas- donde prima la vida en comunidad y la toma colectiva de decisiones. Desde aquí se domina una vista espectacular, y es posible apreciar la vastedad del lago y, a la distancia, la nevada Cordillera Real en Bolivia.

 

Uno de los principales atractivos del lugar es que los habitantes de Taquile son poseedores de una tradición tejedora que se remonta a las antiguas civilizaciones Colla, Pucara e Inca, y aún utilizan técnicas ancestrales para elaborar sus tejidos que son considerados entre los más finos del mundo, razón por la que la UNESCO las denominó “obras maestras del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad”.

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Y, como no podía ser de otra forma en una comunidad que destaca por sus bellos telares, los taquileños tienen una muy peculiar forma de vestir, donde los hombres llevan pantalones negros, camisa blanca y una chaqueta corta, cuya forma y color determina el rol de cada uno en la comunidad. Igualmente la forma de usar el chullo diferencia a los casados de los solteros así como de aquellos en búsqueda de pareja. Las mujeres visten con blusa roja y faldas multicolores que cubren con una falda negra, mientras protegen su cara del fuerte sol con un sombrero típico del lugar.

 

Los taquileños también son conocidos por el innovador modelo de turismo implementado por la comunidad desde los años setenta, ofreciendo a los turistas hospedarse en sus casas y compartir con las familias las actividades de su vida diaria, entres las que se incluyen además del tejido -en el que toda la comunidad participa- la crianza de carneros, ovejas, cuyes, la pesca en el lago Titicaca, y los cultivos de papa.

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En Taquile se tienen dos temporadas, la de lluvias y la seca, siendo en ambas los días cálidos y las noches frías, por lo que es recomendable ir preparados. La experiencia es inolvidable.

 

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Inexplicable Markawasi

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Markawasi (4000 msnm) es un enigmático bosque de piedra, ubicado en la sierra de Lima, sobre el que se ha escrito mucho. Autores diversos, fascinados por el misterioso paisaje, han atribuido el origen de sus caprichosas formaciones geológicas a culturas milenarias que se pierden en el tiempo, mientras que otros las han atribuido a seres de otras galaxias.

 

Al respecto, es conocido el estudio que hiciera el Dr. Daniel Ruzo en 1952, “Marcahuasi, historia de un descubrimiento”, en el que postuló que la meseta estuvo habitada, en tiempos muy remotos, por lo que denominó “cultura Masma”, una civilización que habría dejado figuras de piedra alrededor del mundo. Y es que el sobrecogedor silencio que envuelve la meseta, las inmensas montañas alrededor y la energía que parece irradiar de sus piedras, hacen de este paraje uno de los más místicos del planeta.

 

Lo cierto es que Markawasi tiene importancia no solo por sus esculturas de piedra, sino por ser centro de origen de la protohistoria de la cultura andina, con sus restos arqueológicos en la zona conocida como Fortaleza, las chullpas pre-incas, los canales de regadío, su centro de observación y el impresionante anfiteatro de piedra volcánica, a lo que se suman las lagunas y la riqueza biológica propia del ecosistema altoandino, que lo hacen un lugar ideal para la práctica del turismo ecológico y cultural.

 

Las primeras referencias a la meseta de Markawasi se hallan en las crónicas sobre los mitos de la zona, así como en los apuntes de exploradores como el Dr. Julio C. Tello. Sin embargo el aporte más importante es el del Dr. Ruzo, quien fotografió los centenares de esculturas antropomorfas y zoomorfas –de las cuales la más conocida tal vez sea el Monumento a la Humanidad- que deben ser observadas desde un ángulo dado y cuando el sol se encuentre en un sector exacto en el cielo.

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El nombre quechua “Markawasi” significa “casa del pueblo”. Es una meseta glaciar –probablemente en algún momento estuvo cubierta de hielo- cuyas rocas de origen volcánico conforman un sitio espectacular, con acantilados, grandes áreas planas, lagunas y por supuesto, abundantes rocas que se encuentran talladas por la abrasión glaciar y otros agentes geológicos tal como el agua de lluvia y el viento.

 

Para llegar se debe pasar antes por San Pedro de Casta (a 90 km de Lima), pueblo conocido por su tradicional fiesta del agua. Desde allí se camina 3 horas hasta la zona conocida como Anfiteatro. Es posible contactar guías en el pueblo. Recomendamos llevar ropa de abrigo para la noche y si se planea pernoctar en el lugar es indispensable una carpa y una buena bolsa de dormir.

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Mágica Isla de Iscata

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Ubicada en la “capital del folklore aimara”, como se conoce al distrito de Acora (Puno), la Isla de Iscata es un destino poco frecuentado y que no forma parte de los recorridos turísticos tradicionales que se realizan en el Lago Titicaca. Sin embargo, sus bucólicos paisajes, sus playas de blancas arenas y sus viviendas típicas, construidas de adobe con techo de totora –que se conocen como Q’otos-, hacen de este pintoresco pueblito un mágico lugar.

 

La Isla de Iscata, a 50 km de Puno, es el lugar donde se realizan anualmente las festividades por el aniversario de la milenaria ciudad altiplánica, donde se escenifica la salida de Manco Cápac y Mama Ocllo –fundadores del Imperio de los Incas- del lago Titicaca. Asimismo, todos los 15 de septiembre celebran su fiesta tradicional en honor  a la patrona del pueblo, la Virgen María de la Natividad -imagen que habría llegado traída por los españoles en 1580- con danzas autóctonas y atuendos propios de la región.

 

Si están por Puno, no dejen de visitar Iscata. Se sorprenderán con esta lado poco conocido y fascinante de la meseta del Collao.

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Una vuelta por la Reserva Paisajística Nor Yauyos – Cochas

La Reserva Paisajística Nor Yauyos – Cochas es considerada una de las zonas con mayor belleza escénica del Perú. Dentro de la reserva podemos disfrutar de diferentes e interesantes atractivos, ya que cuenta con hermosos nevados –destaca el Pariacacca-, grandes lagunas de color turquesa, múltiples cascadas, cañones, quebradas, bosques de queñuales, restos arqueológicos y una gran variedad de flora y fauna.

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Para llegar es necesario tomar la carretera Panamericana Sur hasta Cañete (km 140), y luego desviarse por la ruta que nos lleva a Lunahuaná. Desde allí se prosigue hacia Huancaya, poblado principal de la reserva, ubicado a  320 km de Lima (a unas 6 a 7 horas). Es recomendable hacer el viaje en una camioneta 4×4 de ser posible, si se desea continuar la ruta hacia Vilca -pintoresco pueblo andino (3 650 msnm) ubicado a solamente 10km de Huancaya-  y Pachacayo.

Históricamente la zona es sumamente rica, habiendo muchas evidencias que indican el avanzado desarrollo agrícola que han llegado a tener los antiguos Yauyos. En la reserva podemos observar ruinas, canales y andenes preincas. La cultura Yauyos era guerrera y llegó a dominar el valle de Santa Eulalia y una parte del Rímac. Sus espacios de vida constituían auténticos archipiélagos verticales y hablaban un conjunto de dialectos de la lengua Aru, del cual hoy en día sobrevive el Jaqaru.

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En la zona de la Reserva Nor Yauyos Cochas las temperaturas pueden superar a los 20ºC, por lo cual es recomendable protegerse con bloqueador solar y usar sombrero o gorra. Las noches son frescas, por debajo de los 10ºC, por lo que es necesario llevar casacas y ropa para abrigarse. La estación lluviosa es de noviembre a marzo, al igual que en los demás poblados de la sierra. Los mejores meses para visitar la Reserva son abril y mayo, cuando las lluvias recién han cesado y todo el paisaje está cubierto de un manto verde.

En los pueblitos de Huancaya y Vilca es posible encontrar diversos alojamientos así como también zonas ideales para acampar y disfrutar de un día al aire libre con la familia o los amigos. No dejen de venir.

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